lunes, 3 de mayo de 2010

ENCUENTRO DE PARROQUIAS EN S. JUAN Mª VIANNEY

«Somos Iglesia, hacemos Iglesia»
Bajo el lema que da título a esta crónica, se desarrolló el sábado 1 de Mayo una Jornada de Parroquias provenientes de distintos puntos de la diócesis de Granada. Jóvenes y mayores, niños, casados y solteros, religiosas, sacerdotes, hasta un total de 200 personas, participamos en un hermoso día de encuentro en la Parroquia de San Juan Mª Vianney. El motivo no era otro que encontrarnos y compartir la alegría que nace de sentirnos y ser piedras vivas de esta gran familia que es la Iglesia.
El Encuentro comenzó con una reflexión de D. Román Martínez, párroco de San Juan Mª Vianney, bajo el título “Hacer Iglesia desde la fe”. Examinando las notas esenciales de la Iglesia de unidad, santidad, catolicidad y apostolicidad, nos ayudó en la primera parte de su exposición a desenmascarar visiones y actitudes distorsionadas que pueden ensombrecer la vida de la Iglesia y alejar a quienes podrían encontrar en ella toda una fuente de vida. Desarrolló muy bellamente, en esa primera parte, la realidad de la Iglesia como una rica herencia recibida de generaciones anteriores, que ha configurado de un modo especial nuestra sociedad y nuestras vidas desde su rico patrimonio espiritual, cultural, social, etc. Esta Iglesia heredada de los apóstoles, con una ya larga singladura por la historia, se nos presenta hoy llena de luces y con algunas sombras. En un segundo momento de su intervención, nos interpeló a todos los presentes a seguir construyendo esta Iglesia, desde el compromiso personal con el Evangelio y el testimonio de una comunión profundamente enraizada en la caridad y la verdad, atenta a no caer en la tentación del poder, la falsedad o las apariencias. Sólo la escucha responsable y atrevida del Espíritu Santo, sólo una verdadera actitud de fe, puede ponernos en camino de cara a la renovación que como Iglesia siempre necesitamos, para así ofrecer más clara y atrayente esa «imagen viva» del amor de Dios a los hombres, que la Iglesia está llamada a ser.
Tras esta exposición los participantes estuvimos intercambiando en grupos más reducidos las impresiones y experiencias que a la luz de la reflexión anterior llevábamos en nuestro interior y que vivimos a diario en nuestras parroquias, trabajos, familias, etc. Fue un momento intenso y grato para todos, que -como comentaba algún participante-, «nos ha hecho descubrir y vivir la espontánea y rápida familiaridad que Dios suscita entre nosotros cuando nos abrimos a Él y a cada persona».
El almuerzo tuvo lugar en el acogedor y soleado patio de la Parroquia, donde se respiraba un clima festivo y de verdadero intercambio. Sobre las mesas se compartía, junto a la comida que cada uno había traído, también los mejores deseos de hacer de nuestras parroquias lugares de acogida, de encuentro, de verdadera familia. Antes de la Eucaristía con la que concluimos el Encuentro, tuvimos la oportunidad de escuchar en directo al Coro de Cámara “Tomás Luis de Victoria” de Granada, que con sus impresionantes y delicadas voces nos abrieron el espíritu a la belleza de la tradición polifónica medieval.
El ambiente celebrativo de la Eucaristía y la despedida final, manifestaban una alegría sencilla pero profunda, aquella que nace del encuentro con Dios, vivo en cada persona. La seguridad de no sabernos solos, de sabernos enraizados en el amor del Padre y parte de esta gran familia que es nuestra Iglesia, estaba en el corazón de todos. Con esta convicción nos despedimos, seguros de que allí donde cada uno se halla, Dios cuenta con él para hacerse presente a cada persona, pues, en definitiva, de eso se trata, para eso quiso Dios que naciera su Iglesia.

domingo, 2 de mayo de 2010

EN CAMINO CON LA PALABRA - Ciclo C: Pascua 5º

Domingo 5º de Pascua
Impotentes con lo viejo, capaces de lo nuevo
¿Nos habremos cansado de esperar? Demasiadas veces se nos ha dicho que hemos de mirar hacia delante sin que el presente nos distraiga o detenga nuestros pasos. Y sí, es cierto que sólo puede avanzar quien mira hacia delante, hacia un futuro nuevo que se ha de crear con tesón y esfuerzo. Pero el cansancio viene cuando no vemos nada aquí y ahora. No entiendo cómo Dios haya podido crearnos para vivir siempre en lo irreal: el presente no es lo nuestro porque está lleno de miserias, el futuro tampoco porque está demasiado lejos de todos por su naturaleza espiritual, enfrentada a la nuestra física y terrenal, y demasiado lejos por lo infinitamente distante de nuestras facultades que nunca alcanzan la perfección que tanto anhelamos.
Sin quererlo nos volvemos tan materiales o tan espirituales, que no hacemos más que negar continuamente lo más nuestro, nuestra identidad humana. Tendemos a malvivir enfrentados con nosotros mismos, con nuestros semejantes y hasta con ese Dios que nos parece tan lejano y ajeno. Nos está haciendo falta una gran dosis de reconciliación.
Y justamente eso es la Iglesia que tan pocos seguidores arrastra. Es reconciliación de lo humano y lo divino, es reconciliación del presente con toda la historia, es reconciliación en lo íntimo de cada persona. La Iglesia que nace de la experiencia vivida ante la cruz y ante el sepulcro vacío, está en condiciones de afrontar el reto de lo nuevo, porque en sí misma ya es algo nuevo. El cristiano tal vez no sea mejor que otros, tal vez tenga que vérselas con muchas limitaciones, como todos. Pero el cristiano vive un presente totalmente integrado en su tierra, apreciando todo el sabor de lo creado, del don que es esta vida nuestra, sólo que iluminado por esa dosis de espíritu que da forma y valor a cuanto tocamos. Tampoco falta el dolor al cristiano, pero no huye de él, ni éste lo doblega. El amor vivo que engendra la comunión permite que vivamos la tensión entre el hoy y el mañana, entre lo caduco y lo eterno, entre lo singular y lo plural, como quien contiene el germen de la vida. En efecto la presencia continuada de aquél que nos creó es una permanente fuente de vida que permite reconciliar en el amor todos los opuestos, paradojas y contradicciones, tan absurdas para quien sólo las contempla con sus cinco sentidos materiales.
Con la resurrección de Jesús nace la Iglesia, y se produce una explosión de vida en los lugares más perdidos, entre los más desfavorecidos, entre los pobres de espíritu, entre los que lloran y son perseguidos. Se alumbra un misterio de vida para los que miran esta existencia nuestra con corazón limpio, sin orgullo individualista, con una clara libertad. Ese milagro sólo podía producirlo quien vino desde Dios hasta nosotros y supo estar a nuestro lado en todo momento, entregando hasta la propia vida. Quien lo ha dado todo lo merece todo y alcanza la gloria definitiva. Esa gloria es más que un trozo de tierra o un aplauso oportunista de unos cuantos mientras se sienten agasajados y favorecidos. Resulta impresionante esta gloria que llega cuando uno se entrega, o, más aún, cuando injustamente uno es entregado quedando patente una vez más la gratuidad infinita del amor, de quien ha decidido definitivamente poner su tienda entre nosotros.
Podríamos sentirnos impotentes ante tanto dolor y muerte, impotentes con lo viejo, con la enorme carga negativa de nuestra limitación humana. Podríamos sentirnos impotentes en medio del mundo con una Iglesia que prometía la liberación definitiva, pero que se hace vieja y que pierde su energía inicial porque es de este mundo. El creyente puede venirse abajo al verse cada vez más aislado y solo, puede sentirse decepcionado por ese Dios y esa Iglesia que deberían ser siempre garantía de vida. Pero, a pesar de todo eso, quien confía en Dios, quien se abre a unas relaciones iluminadas por el Evangelio de Jesús, quien se sostiene fiel, a pesar de las persecuciones, quien sigue llevando a los demás la ilusión que provoca siempre el amor verdadero, ése es y será siempre capaz de lo nuevo. Nunca se ve gastada la vida que se entrega gratuitamente, colocando así el verdadero listón del ser y de las capacidades de lo humano. La Iglesia, ese reducto de verdad, de comunión, de amor sincero, de confianza en el Padre que lo crea todo y en el hombre, su más fiel imagen, es y será siempre un anuncio de lo nuevo. No importa cuántos la integren, no es definitiva su capacidad de penetración en el tejido social y su aceptación o rechazo. La Iglesia, naciente cada día, vale por lo que contiene, más que por lo que se expande, y por eso mismo hace libres a las personas sin imponerles otra carga que la que representa Jesús. Quienes aceptan su yugo, suave y ligero, se hacen, con todos los demás, con toda la Iglesia formada por Jesús mismo, auténtica y permanentemente capaces de lo nuevo.
Román Martínez Velázquez de Castro

domingo, 25 de abril de 2010

EN CAMINO CON LA PALABRA - Ciclo C: Pascua 4º

Domingo 4º de Pascua
Pastor de muchos o de pocos, pero Pastor para todos
 
Seamos pocos o muchos, cristianos viejos o recién llegados, religiosos de siempre o con una confianza en Jesús y su Evangelio apenas esbozada, lo cierto es que quienes lo han conocido, quienes han tenido oídos capaces de escuchar de sus labios lo nuevo, esos difícilmente podrán abandonar a quien con plena autoridad se proclama camino, verdad y vida.
Lo es a pesar de todos y de todo, con todo derecho se ha convertido en pastor, siervo y amigo, de muchos o de pocos -¡qué importa!-. Lo es a pesar de la incomodidad que crea en quienes alardean de sensatez y moderación, de modernidad y progreso, de igualdad y respeto, pero con ese pretexto olvidan de hecho a las personas. Lo es aunque haya quienes traten de apartar a Dios de la sociedad y la cultura, en aras del respeto a la pluralidad, a una sociedad que se dice abierta, aunque cada día se fracciona más y se repliega sobre sí misma. A pesar de esos y a pesar de las no pocas infidelidades de quienes decimos seguirlo, él sigue siendo pastor y maestro, una luz en este difícil camino cargado de relatividades, de penosos silencios y también de palabras y discursos que desorientan y confunden.
No, este discurso no lo podrán entender quienes se sienten seguros de sí mismos, o más bien poseídos de sí y de los demás, constructores de ideologías, creadores de una extraña ética capaz de justificar las acciones y decisiones, por el mero hecho de haber sido consensuada junto a otros cuantos que quieren asegurarse a sí mismos por encima de cualquier cosa o persona.
No, este es un discurso para los que mantienen un espíritu ágil y libre, para los que se saben de la tierra, para los humildes que todavía necesitan de los demás, para los que no tienen inconveniente en descubrirse perdidos, para los que se saben enfermos con necesidad de médico y necesidad de cura.
Nuestra cultura ha hecho personas autosuficientes, ha creado líderes poderosos, ha establecido el bienestar y el progreso, pero ha arrinconado a muchos y los he desheredado. Diría incluso que esta sociedad se ha arrinconado a sí misma a base de creerse autosuficiente y autónoma, se ha perdido a sí misma y ha perdido el norte y la razón de su existencia. Eso es lo que paradójicamente la vuelve débil e indigente.
Hace falta osadía en este tiempo para salirse de esa carrera del orgullo y la prepotencia, para descubrirse necesitados de una Verdad mayúscula que aproxime y una lo que tantas verdades han roto y deshecho. No queremos más libertades, necesitamos La Libertad, esa que nos hace posible estar codo con codo al lado de los demás. No necesitamos más líderes, no podemos seguir matando a un líder para imponer al siguiente. No necesitamos tantos discursos y promesas. Necesitamos, eso sí, y mucho, trabajadores que con decisión lo entreguen todo, para ir poniendo la raíces de una humanidad renovada.
Necesitamos en la casa y en la calle, en el diálogo íntimo y en el quehacer público, en el ámbito del trabajo y de la cultura, del ocio y del descanso, de la economía, de la política, de la religión, en el ámbito de las artes, de los medios de comunicación, necesitamos del único que aún puede llamarse con razón Pastor de todos.
Pero esa voz suya es cercana y debemos hacerla cercana también nosotros, los que con su palabra nos hemos sentido liberados y consolados, fortalecidos y animados. Hay demasiados asalariados que sólo buscan su interés y se olvidan de las ovejas cuando vienen tiempos difíciles. Hacen falta, necesitamos pastores, sacerdotes, educadores, asistentes que sepan estar cerca de quien lo necesita en todo momento.
No podemos seguir viviendo de una fe reducida a un conjunto de verdades que nos aseguran contra el mal y contra posibles errores. Nos está haciendo falta “ver”: vernos una familia, hacer de la casa un hogar en el que se descansa y se crece junto a los demás; vernos y sentirnos efectivamente un pueblo de personas solidarias y bien trabadas más por el amor que por un salario; ver una Iglesia, de pocos o de muchos, en la que uno encuentra también alivio y descanso; necesitamos ver pastores nuevos, ver consagrados y consagradas al servicio de una misma Iglesia, de un mismo cuerpo en el que los miembros más débiles se vuelven los más importantes. Ahí está nuestro sitio para siempre ¿Quién podrá sacarnos de ese rebaño o arrebatarnos de la mano de este Pastor?
Román Martínez Velázquez de Castro

BENDICIÓN DE ESCULTURA EN BRONCE EN LA PARROQUIA S. JUAN Mª VIANNEY

El sábado 24 de Abril, a las 7 de la tarde, un buen número de fieles del Barrio del Zaidín, junto con el Sr. Arzobispo y otros sacerdotes y fieles de Granada, se congregaron en la Iglesia Parroquial de San Juan María Vianney para la Bendición solemne de la nueva imagen en bronce de su titular y patrón del clero universal, el Santo Cura de Ars.
En el corazón de la comunidad parroquial estaba, desde hacía tiempo, el deseo de tener en un lugar destacado la imagen de aquel párroco que tanta vida diera a Ars, y que sigue siendo para toda la Iglesia un modelo vivo de radicalidad en el encuentro con Dios, y, para los sacerdotes, modelo de pastor abnegado, que puso todas sus capacidades, su tiempo y su vida, para acoger, animar y sostener a quienes Dios le había encomendado. En este Año Sacerdotal, ha sido posible, con la ayuda y el esfuerzo de todos, hacer realidad este deseo.
La escultura, realizada en bronce por el escultor D. Venancio Sánchez, nos muestra a un San Juan María Vianney en el púlpito, lleno de paz y bondad, que con su vida nos invita a mirar más allá de nosotros mismos y descubrir el amor que Dios nos tiene. Como el párroco, D. Román Martínez, destacó en un momento de la Bendición: «Las imágenes tienen su razón de ser, no en sí mismas, sino en cuanto que nos remiten y acercan a esa otra imagen viva que fue la persona que representan. Necesitamos más que nunca modelos concretos, imágenes, paradigmas, personas que orienten en la búsqueda sincera de la verdad y la vida, y que sostengan la esperanza, de la única forma posible, en la aplicación práctica y asequible para todos de los valores evangélicos».
La nueva imagen del Cura de Ars fue bendecida por D. Javier Martínez, quien destacó el acierto de situar la nueva escultura en el atrio del Templo parroquial. Su presencia en dicho lugar es el anuncio de un mensaje evangélico que quiere salir al encuentro del hombre de hoy. El suyo no es un púlpito que encierra, sino al contrario, que se abre y extiende el mensaje a todos. Como subrayó el Sr. Arzobispo, en momentos que no están siendo fáciles para la Iglesia, como los que le tocó vivir a Juan María Vianney a pocos años de la Revolución Francesa, confiamos poder imitar su fortaleza y perseverancia, sostenidos por una fe inquebrantable en Jesucristo, en la Verdad, en el Amor que todo lo vence.
Toda la celebración se desarrolló en un ambiente festivo y participativo, en el que se apreciaba el clima de una Iglesia viva, conmovida por el testimonio de San Juan María Vianney y la actualidad perenne de su mensaje.

domingo, 18 de abril de 2010

EN CAMINO CON LA PALABRA - Ciclo C: Pascua 3º

Domingo 3º de Pascua
¿Quién gobierna la Iglesia?

En la literatura cristiana la Iglesia ha sido comparada en múltiples ocasiones con una nave. Era una figura que gustaba en particular a los Padres de la Iglesia. Es una nave ésta que navega, no sin dificultades, en los mares de la humanidad y de su historia, y necesita ser continuamente bien orientada o gobernada, con el fin de desarrollar adecuadamente su misión entre los hombres. Por su parte la palabra ‘gobierno’ etimológicamente hace referencia directa a la conducción de la nave. El que gobierna es el que está encargado de orientarla, conducirla, llevarla a buen puerto. Pero ni orientar, ni conducir, ni dirigir, ni otros términos similares referidos a la tarea de gobierno de una nave, son términos que en sí deban ser traducidos por esos otros que conllevan una dosis de personalismo nada útil, ni deseable, ni adecuado para una tarea semejante en la Iglesia. Gobernar la Iglesia no es sinónimo de mandar sobre ella, de decidir sobre su ser y su misión. Menos aún, nunca pueda transformarse ese gobierno en un usufructo personal, caprichoso, orientado a la autoafirmación de la Iglesia misma o de quienes la gobiernan.
Junto a esa figura de quien gobierna la nave de la Iglesia, está esa otra tan personal y entrañable como es la del pastoreo de una grey, de un rebaño. Aunque ésta también pudiera tener traducciones inconvenientes, es de un riquísimo valor. Se pone aún más de relieve el valor de la figura del pastor o encargado de guardar y alimentar el rebaño, en la escena en la que el Evangelio de Juan describe el encargo dado por Jesús a Pedro.
Ante todo conviene tener presente que se trata de un momento de comunión profunda de los discípulos, de la Iglesia naciente con Jesús. Éstos, cansados de no haber pescado nada en toda la noche, descubren la presencia del Señor en ese marco fraterno de una comida en la que Jesús les ofrece de nuevo el pan y el pescado. Es Jesús el protagonista indudable, aunque Pedro fuera quien tomara la iniciativa de ir a pescar o, en su momento, de echarse al agua para ir al encuentro de Jesús, no conviene olvidar que se trata de una acción de todos, en comunión, y que es otro discípulo –el que Jesús tanto quería- quien reconoció al ‘Señor’. Jesús mismo concluiría el episodio recordando a Pedro el respeto que debiera tener a la iniciativa de Dios con ese discípulo amado y su peculiar carisma.
En ese marco de la cena y de la comunión, sí que pone de relieve el evangelista el papel de Pedro junto a los discípulos. La triple pregunta de Jesús a Pedro -¿me amas más que éstos?, ¿me amas?, ¿me quieres?-, aparte de requerir una triple confesión de Pedro, en alusión a su triple negación, contiene un gradiente en el amor como condición exclusiva para poder realizar la tarea que le va a ser encomendada. Pedro va a ser el encargado de sostener y confirmar a sus hermanos, “mis corderos”, “mis ovejas”, a aquellos que sólo son propiedad de Jesús. No se entrega una propiedad en este caso, se encarga una misión. El gobierno es una encomienda avalada por el amor de Jesús para con los suyos y de quien va a gobernar hacia Jesús. Ese amor es el ágape, es la comunión, es el estar fuera de uno mismo en la Comunión Trinitaria divina y con los hermanos. Y al mismo tiempo es un amor-“fílía”, amor de amigos, amor entreñable, amor personal, casi una empatía con Jesús. Sólo el amor, la comunión, esa “filía”, “autoriza”, confiere autoridad a Pedro, una autoridad que es para apacentar el rebaño de Jesús, para gobernar una nave que debe ser liberada de todas las tempestades y peligros que entraña la historia humana.
Y como siempre el destino y la prueba de ese amor es la muerte de quien apacienta o gobierna, para la sola gloria de Dios, para la afirmación definitiva de su Verdad, de esa verdad que hace libres, que vincula a todos en “un mismo pensar y un mismo sentir” –que diría Pablo-, en la caridad de Dios.
Por todo eso, los Apóstoles son bien conscientes que sólo deben obediencia a Dios, antes que a los hombres, antes que a ese poder “religioso” constituido por los hombres y no por Dios. Sólo deben obediencia los Apóstoles al Dios que resucitó a Jesús, el único “jefe y salvador”, “para otorgarle a Israel la conversión con el perdón de los pecados”. Los Apóstoles son testigos de eso y testigos del Espíritu Santo, que Dios da a los que le obedecen. La comunión de los discípulos con Jesús, el único Señor; Pedro en esa comunión y cercanía con Jesús, en el máximo testimonio del amor: sólo esas dos realidades humanas y divinas al mismo tiempo están en condiciones de apacentar y gobernar un rebaño tan digno y bien pagado como el de una Iglesia reunida desde todos los confines y culturas por Jesús.
Román Martínez Velázquez de Castro

domingo, 11 de abril de 2010

EN CAMINO CON LA PALABRA - Ciclo C: Pascua 2º

Domingo 2º de Pascua
Para creer…, signos nuevos
La muerte de Jesús produjo una auténtica convulsión entre judíos y romanos. Las cosas no pudieron seguir como hasta entonces. Una muerte así dejó marcada definitivamente no sólo la historia de Israel, sino también la de la humanidad. Pero no habría bastado la muerte, fue su resurrección lo radicalmente nuevo. El gran escándalo para los judíos es que Jesús hablara de destruir el templo y reconstruirlo en tres días, que se presentara como el Hijo de Dios, el Rey de un nuevo Reino.
Empezó muy mal, la verdad, empezó como quien es dominado y abatido, pero así es como tenía que empezar algo tan radicalmente nuevo. Lo que nunca fue doblegado ni abatido fue su amor a la verdad que viene de lo alto, su decisión inapelable de ir hasta el final en la misión que le había sido encomendada. Y esto lo hizo no como quien está siendo doblegado, sino dando muestras de la libertad más genuina. Esa libertad en medio de la persecución y la muerte es el presagio de la mayor de las libertades, de la definitiva liberación que viene de Dios. Por él hemos sido definitivamente liberados de la muerte.
Esa afirmación de la capacidad redentora de Jesús la hacemos fácilmente todos los cristianos, como aceptación de un principio doctrinal fundamental de nuestra fe. Sin embargo tal vez no sea todavía suficientemente el principio que sostiene nuestra vida práctica de todos los días. Recogiendo el anuncio firme y contundente de Pedro acerca de la resurrección de Jesús, como el núcleo central de la evangelización, hemos seguido anunciando la resurrección de Jesús a lo largo de los siglos en la predicación de la Iglesia. Pero algo nos pasa, es como si nos faltara fuerza o credibilidad en lo que predicamos. El gran signo, el signo de Jonás, ha perdido su eficacia en muchos casos. Es como si el paso de los siglos hubiera restado credibilidad a la resurrección.
Aquellos testigos inmediatos de lo que había sucedido ya no están con nosotros. Tal vez nos falten hoy testigos capaces de creer sin haber visto. No debe extrañarnos que muchos teman sumarse al grupo de los que creen. Es arriesgado a todos los niveles. Pero sí debe extrañar profundamente que a los que dicen creer les cueste tanto abrirse a otra vida, otros resultados, otros compromisos que no sean los de moda, los que imponen nuestros cinco sentidos materiales.
Al presentarse a los discípulos después de la resurrección, Jesús los envía con la misma carga, medios y dificultades que él había tenido. Nos da como garantía de todo la paz, nos entrega el mismo Espíritu Santo. Con un solo fin: perdonar, reconciliar, reunir en la comunión a todos. Él no había venido por otra razón. Si queremos más, nos ofrece poner las manos en sus llagas, en sus manos y costado. Las señales de la muerte no dejan de ser un buen signo. Pero proclama dichosos a los crean, a los que se fíen, a los que lo entreguen todo por puro amor, sin haber visto. Es el amor la verdadera señal, el amor que le llevó a la muerte con un hilo de vida tan seguro que no podía sino desembocar de nuevo en la Vida resucitada, transformada.
Por eso se adherían al grupo siempre nuevos creyentes. El Resucitado seguía presente entre ellos, dando las mismas señales del amor, las señales del Espíritu. Si los que pasan necesidad se sienten atendidos, la resurrección es un hecho que va más allá de la historia y de unos momentos de desgracia. Hemos sido enviados para reconciliar sin otro instrumento que el amor que se nos ha dado en la cruz, con la presencia del Resucitado en medio de nuestro mundo de muerte y con el mismo y único amor verdadero del Padre.
Si nos falta la fe en la resurrección, en ese amor que traspasa cualquier límite, nos falta todo. Inmediatamente nos convertimos en meros funcionarios de la religión, administradores de ritos, sedientos de seguridad y poder, aunque vayamos a buscarlo en “el cielo”. Ese es el verdadero espiritualismo, es un pietismo falto de toda vida que nos hace someternos al poder de unos cuantos que dicen ser los representantes del cielo. Pero el cristianismo no es eso. Es la religión de los libres, de los que esperan confiados en el poder del amor y de la Vida. Es la religión de quienes se reconcilian día a día en el único que puede reconciliarnos y unirnos en un solo pueblo.
Sí, podemos todavía hoy dar signos nuevos, vivir del único signo que permite a todos seguir creyendo en el Amor, en la vida, en la Resurrección de Cristo y de todos nosotros. Basta amar de verdad, sin engaños, basta dejar de mirarnos a nosotros mismos.
Román Martínez Velázquez de Castro

domingo, 4 de abril de 2010

EN CAMINO CON LA PALABRA - Ciclo C: Pascua 1º

Domingo 1º de Pascua
Hasta la muerte tiene su final
Nos cuesta infinitamente perder la libertad,  perder la propia dignidad, sentirnos marginados, perder cualquiera de nuestros derechos. Desplegamos la mejor de las fantasías para hacernos un sitio y asegurarnos el respeto de los demás. Pero con la vida vamos más allá, lo que de ningún modo toleraría alguien cuerdo es el ataque a la vida misma. La vida la experimentamos como algo anterior y superior al derecho, es su justificación misma. En ella se sostiene y encuentra sentido la persona y la sociedad. En torno a la vida y a una aceptable calidad de la misma giran todos nuestros afanes y los mejores esfuerzos. Cualquier proyecto tiene como motor el instinto de la vida.
Cuando de hecho vemos que la vida se acaba, cuando la muerte se acerca, el instinto se dispara buscando algún resorte oculto que pudiera ganarle terreno o hasta eliminarla. Pero la verdad es que teniéndolas tan cerca a la vida y a la muerte, no las conocemos.  Por eso que tampoco sabemos qué hacer con la muerte, porque ni sabemos qué hacer con la vida. Intentamos olvidadar la muerte o esconderla, o simplemente huimos hacia delante llenando de fantasías, de actividad desbordante, de placeres de todo tipo, un vacío que de ninguna manera puede llenarse por semejantes caminos.
La tentación de disimular la muerte con el poder, con el bienestar, con la riqueza, con el prestigio, nunca pasa de ser eso: una tentación sin realidad alguna. No se puede eliminar la muerte, en todo caso hay que traspasar la barrera que la misma representa. Hay que abrazarla con realismo hasta lograr envolverla con los valores de la vida misma. Y sólo quien está más allá de la muerte, quien viene de otros confines, quien logra establecerse tras los límites de la muerte, puede con éxito envolverla y superarla. Hace falta saber vivir la vida auténticamente para poder vivir la muerte y saber morir para emprender el verdadero sendero de la vida. Lo hace quien traspasa los límites materiales de la vida y tiene la osadía de dejarse engendrar por el Espíritu. Lo que nace de la carne es carne y por tanto muerte, lo que nace del Espíritu es espíritu y da vida.
Tenemos muy cerca la Primicia de la Vida (con mayúscula), de esa vida que es espíritu capaz de vencer la muerte, pero nos cuesta abrirnos a ella, reconocerla, hacerla nuestra, seguir su rastro. Sólo el Espíritu de Dios, el Espíritu del Amor, el Espíritu que Jesús nos entregó en la máxima prueba del amor, desde la cruz, sólo él puede darnos vida y devolver la salud a esta carne caduca y mortal que con tanto esmero cuidamos. El amor del Padre, llevado al extremo de la entrega y la pérdida de lo más propio, es la única fuente desbordante de vida y de eternidad. Sólo un Amor así explica la muerte y la supera hasta el punto de inundar con su luz unos ojos demasiado acostumbrados a la oscuridad, la desesperanza y la muerte.
El amor de aquellos testigos privilegiados de la resurrección de Jesús, fue el que les permitió entender más allá de la muerte, recuperar un lenguaje de vida, y, en su momento, poder abrazar también la propia muerte como todo un presagio de multiplicación de la vida. En aquella tumba de Jesús no quedó más que el vacío que la muerte misma deja. La vida salió de ella como un enorme fuego capaz de alentar, de fortalecer y de multiplicar las semillas que con tanto amor Jesús había plantado y cultivado en su paso entre nosotros.
No, no pasará de moda, su fuerza no acabará. Ni la persecución, ni el intento de arrinconarlo y aislarlo, ni el vacío de toda una cultura, ni la contundencia de la muerte podrán eliminar del corazón de la humanidad esa llama de vida, la llama de un espíritu eterno como el de Jesús. Año tras año la celebración de la Pascua, del paso liberador de Dios entre los hombres, vuelve a encender la esperanza. Su muerte está colmada de sentido, no habla más que de cercanía, de un amor extremo, es una muerte que desborda vida. En él también la muerte tiene su final.
Sólo nos hace falta volver a nacer, dejarnos llenar de su Espíritu, llenarnos del amor más grande, de ese amor que lo entrega todo, que no busca los primeros puestos, que sirve a todos, que no teme entregar la vida. En Él está nuestro verdadero paraíso, Él es nuestro mejor premio, Él hace fecunda y viva esta carne nuestra corrompida y avocada a la muerte por el egoísmo y el orgullo. La esperanza vuelve con Él como una realidad de vida en el presente y un futuro de fidelidad en lo eterno. Nunca más quedaremos aislados por la muerte. ¿Quién podrá acabar con la vida?
Román Martínez Velázquez de Castro

sábado, 27 de marzo de 2010

EN CAMINO CON LA PALABRA - Ciclo C: Domingo de Ramos

Domingo de Ramos
¿Un optimismo ingenuo?
El escaparate cristiano parece estar más bien cargado de tintes pesimistas, o realistas tal vez –dirían algunos-. La semana religiosa por antonomasia en Andalucía hace gala de las mejores interpretaciones artísticas del dolor, de la pasión y de la muerte. De mil modos el arte ha tratado de  dejar bien patente a lo largo de los siglos la crudeza y el realismo de la Pasión y Muerte de Jesucristo. Creyentes y otros no tan creyentes sienten una profunda emoción, difícil de definir, ante esos pasos que tan logradamente visualizan, hasta hacer casi real, el dolor de Jesús y de su Madre María. Difícilmente se podría recelar o llegar a dudar de la verdad de esos sentimientos, por ejemplo, ante uno de esos costaleros que sufren con orgullo bajo el peso de “su” Cristo o “su” Virgen. Esa pasión “religiosa” es un hecho indudable, real, o tal vez intenso, como nada. ¿Se puede dudar de los sentimientos de una persona? ¿O tal vez decir que son banales o de poca trascendencia? Pero lo cierto es que los sentimientos solos no hacen real la vida.
La resurrección, por su parte, no parece tan palpable ni tan creíble, tal vez podríamos decir que resulta menos racional, menos sentida, y hasta menos real para muchos. ¿Será por eso que la imaginería o la pintura no se han detenido en ella con el mismo grado de entrega o de pasión? ¿Pero acaso es más racional el dolor que la alegría o la esperanza puestas en un mundo nuevo transformado por el amor? ¿Es más real el fracaso y la angustia que todo ese amor que pervive y sobrevive a la muerte, en cada pequeño gesto, en cada pequeña renuncia, en cada silencio absurdo y hasta en la muerte misma?
No sabríamos decidir bien qué pesa más en esos relatos de pasión que cada año dramatizamos en la calle, si el pesimismo y una cierta negatividad, o la esperanza y un optimismo sereno. Lo cierto es que el dolor y la sensación de fracaso perduran a lo largo de todo el año. Éste se ve y lo medios de comunicación se encargan de hacerlo patente en el día a día. En cambio la esperanza, la alegría fundada, el optimismo pasan por ser utópicos y poco reales. Casi no hay sitio para ellos.
La Semana Santa se inaugura con un gesto que tal vez nos diga mucho al respecto. Se trata de la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén. Los más humildes exultan de alegría y lo aclaman Rey. Ha llegado “la hora”. Jesús decide entrar en Jerusalén, sospechando que está cerca su final. Y paradójicamente lo aclaman quienes poco más adelante se avergonzarían de él, o tal vez simplemente tratarían de salvar el pellejo. En Jesús sin embargo se combinan muy bien el realismo del dolor y la angustia, con el realismo del amor que desemboca en la victoria sobre la muerte. Cada gesto de dolor en él es un gesto de vida y una promesa de esperanza, no hay pesimismo en su pasión, ni un solo atisbo de negatividad. El Amor del Padre y una adhesión inquebrantable de Jesús a los designios del amor, parecen traspasar esos momentos sutilmente hasta hacer de ellos el instrumento de la salvación, de la liberación, de la auténtica vida. Podríamos decir que en adelante no se puede hablar de muerte sin cielo, ni de cielo sin muerte.
Quienes se dejan a un lado ese cielo o esa muerte, en definitiva, el amor palpable y fiel hasta lo eterno, son quienes caen en la utopía o tiñen para siempre su vida de ese pesimismo insoportable, propio de un falso realismo. El optimismo de quienes contemplan el cuerpo de Jesús clavado en la cruz, no tiene nada de ingenuo, y, si se me apura, es tan ingenuo o humilde en este caso como el del buen ladrón que acaba de descubrir junto a sí en otra cruz un cielo nuevo para su existencia.
¡Benditas voces ingenuas que aclamaban a Jesús Rey en su bajada a Jerusalén! ¡Bendito realismo el de Jesús que, consciente de la inconsistencia de tales aclamaciones, no duda un momento en dirigir sus pasos hasta esa Jerusalén que sería el anticipo de la gran Jerusalén! Si nosotros no lo aclamamos, hasta las piedras lo aclamarán.
La suya es una presencia que fortalece y conforta, tal vez porque “no ocultó el rostro a insultos y salivazos”, porque se abajó y tomó la condición de esclavo, en vez buscar primeros puestos o hacer valer su poder. Su realeza convence, pero nunca se impone. Lo da todo, su túnica la echan a suertes, es un rey poco vistoso, nada sensacionalista. Por eso resulta ser un gratísimo consuelo para los sencillos que, como él, saben leer e interpretar ese inefable lenguaje del Amor expresado con ingenuidad y con realismo, con la fidelidad y radicalidad que catalizan los sentimientos y dan realismo a la esperanza.
Román Martínez Velázquez de Castro

domingo, 21 de marzo de 2010

EN CAMINO CON LA PALABRA - Ciclo C: Cuaresma 5º

Domingo 5º de Cuaresma
La justicia que viene de Dios
Es la suya una justicia poco habitual entre nosotros, estamos más acostumbrados a otra justicia. Nuestros juicios y argumentos condenatorios siempre giran en torno a la ley, como si fuera el único instrumento, meticulosamente elaborado, que nos sirve para depurar la vida humana, las relaciones sociales y ponernos a salvo del mal. La ley pasa por ser de modo extraño el código moral de nuestra sociedad contemporánea. Confieso que resulta muy tentadora la ley, quien la tiene de la mano cree poder sentirse seguro. La seguridad que los demás no nos dan nos la da un buen código de preceptos que aquilatan la verdad y regulan la vida humana.
Y lógicamente quien no pide más que eso, la seguridad de un marco legal bien definido, se queda con una verdad bastante aleatoria, con una consistencia en sí mismo bastante reducida, y por supuesto con muy pocas posibilidades de relación y enriquecimiento a partir de los valores de cada persona. Un marco legal bien compuesto es más que necesario, pero no basta, jamás podrá definir lo que es un ser humano frente al otro, junto a otro de su misma carne y su misma sangre. Podrá evitar algunos males, contener la violencia y disminuir los atentados contra la dignidad de la persona. Pero lo que no puede es aportar la riqueza y la plenitud que sólo el amor puede dar.
No se contraponen en absoluto nuestra ley y nuestra justicia con la justicia que viene de Dios. Pero lo cierto es que sólo un amor tan limpio y desinteresado, un amor tan llevado hasta el extremo como el de Dios es el que puede aliviar un sinfín de cargas que nos aplastan, traernos el oxígeno que necesitan nuestros pulmones, devolverle al hombre su dignidad con sus infinitas posibilidades. Sólo un amor así puede situarnos junto al otro más que frente al otro. El amor de Dios logra frenar el mal, sí, y nos libra también de mil peligros de ruptura interna y externa. Ese amor en el que fuimos creados es nuestra misma esencia, nuestra aspiración más profunda y el océano en el que podemos nadar y movernos a nuestro aire.
La mujer sorprendida en adulterio, que la ley mosaica manda lapidar y destruir, se encuentra en Jesús con otra LEY, otra justicia que viene del cielo, que es ella misma el cielo que nos acoge y protege, y que nos permite caminar en libertad. Esa justicia es misericordia y perdón, es acogida, es encuentro y comunión. Queda muy lejos de la otra ley.
Daríamos cualquier cosa por encontrarnos en el lugar de esa mujer –decimos en nuestro interior-, pero nos falta tal vez estimar una pérdida y basura, como diría Pablo, todo lo que no viene de Cristo. Sólo quien se siente perdido en este mundo, perseguido por quién sabe que justicia, puede llegar a necesitar de esta otra justicia. Quizás todavía prefiramos valernos por nosotros mismos, valernos de nuestros aparentes recursos, valernos hasta de nuestra mentira para burlar la ley y sacar a flote nuestra vida (no se sabe qué vida). No es que sólo puedan recurrir a Dios los que tienen la fe del carbonero, los que consideran todo perdido, los que se sienten inútiles e incapaces para resolver su vida. Es algo distinto. Recurre a Dios y goza de esa formidable acogida quien no se siente autosuficiente, quien es consciente de sus límites, quien se sabe Hijo de tan buen Padre, quien sabe que darse un baño en su amor trae la verdadera felicidad y la recomposición de todos esos valores perdidos.
La justicia de Dios no condena al humilde y al perseguido, a pesar de su mal. Su justicia redime, nos saca del abismo de la soledad y la desconfianza, y del abismo del pecado mismo, causa de todos los males. Estimar basura lo que no viene de Cristo, lejos de suponer un fundamentalismo o espiritualismo fanático del creyente en Dios, habla de una comprensión nueva y original de la vida. Quien cree en Dios y deposita en él su confianza es porque ha logrado comprenderse a sí mismo y el universo que habitamos como nacido de Dios e invadido por su amor en lo más profundo del ser. Y comprende que perder de vista ese horizonte y esa LEY, es perder la propia vida y las mejores capacidades con las que hemos sido revestidos por la creación. Perder a Dios, abandonarnos en un código elaborado por nosotros mismos para defender lo propio y defendernos del hermano, es haber perdido la verdadera moral, la inspiración misma de la conducta humana, que radica siempre en un amor capaz de estrechar lazos, de sostenerse más allá de cualquier pérdida, de dar vida e incorporar a la vida a quien por sí mismo o por culpa de otros, se ve condenado en su existencia al abandono, a la persecución y hasta la muerte. Sí, en el fondo, y quizás a gritos, aunque apagados por otros muchos gritos estamos todos muy necesitados de esa otra Justicia que humaniza y libera: la Justicia de Dios.
Román Martínez Velázquez de Castro

domingo, 14 de marzo de 2010

EN CAMINO CON LA PALABRA - Ciclo C: Cuaresma 4º

Domingo 4º de Cuaresma
La dignidad de los que saben pedir perdón

Siempre hablamos de saber perdonar, es lo que más dice de una persona. Hasta tal punto que casi parece una utopía y en todo caso algo que nunca se podría exigir a nadie, porque no es de ley. Saber perdonar es algo que pertenece al altruismo, o a clases que prácticamente han renunciado a las leyes competitivas que rigen habitualmente la convivencia humana. Pareciera más propio de quienes se han entregado a la religión, decepcionados ya por lo que el mundo no ha logrado darles. Y sin embargo sigue siendo lo más admirado en lo profundo del corazón, aunque sea siempre lo que más cuesta.
Pero tal vez habría que ir más allá. Si pensamos así del saber perdonar, ¿qué pensar de la capacidad para pedir perdón? Es otro gesto que más que en el altruismo puede que nos haga pensar en la humillación y hasta la negación de la dignidad personal. Reconocer los propios fallos hoy equivale al final de la carrera. En una sociedad competitiva hay que estar arriba siempre, o al menos intentar parecerlo. Pedir perdón y perdonar no está ya casi a nuestro alcance. Hemos sido entrenados para algo bien distinto. Más que una virtud, se valora como un signo de debilidad lo uno y lo otro. Las capacidades del individuo en nuestro mercado social quedarían muy disminuidas y hasta anuladas. Y no digamos nada de las capacidades de un colectivo social o incluso de un país. No se puede perder el prestigio si se quiere seguir ascendiendo en la valoración social o internacional.
Y a pesar de todo sigue siendo un profundo reto el que unas víctimas de la injusticia, de la marginación o hasta del terrorismo, nos digan en los medios de comunicación que perdonan a sus verdugos. Es algo que habla de la altísima dignidad del ser humano.
Sin embargo, quizás no quede tan bien parado el que en determinado momento reconoce su fallo y pide perdón privada o hasta públicamente. Estamos tan deseosos de imponernos, que nos lo pone servido quien así se humilla. La sociedad no tiene recursos para readmitir y devolverle su sitio a quien lo ha hecho mal. Si no nos ensañamos con él, cuando menos lo apartamos y marginamos. Al fin y al cabo, si reconoce su culpa no puede seguir dañando, pero tampoco le podemos permitir que pueda seguir considerado a la misma altura de quienes aparentamos estar en la cota máxima de lo popular y lo valorado por todos. Si somos medidos por la productividad, por el poder, por el prestigio, difícilmente tendrá sitio quien, por el motivo que sea, se ha quebrado y ha sido descubierto en fallo.
A pesar de todo, lo cierto es que con esa actitud hipócrita estamos sentenciándonos a nosotros mismos y firmando nuestra propia condena. Una sociedad cargada de debilidades, que debe vivir siempre escondiendo sus fracasos y torpezas, difícilmente puede con todo su “progreso” ser un anuncio de liberación para el hombre. Nos encontramos más y más oprimidos por el engaño en que vivimos, por la frialdad y el despotismo de los que consiguen subir. No son los pecados de la humanidad los que nos hunden y hacen la vida mortecina y tediosa. Es la incapacidad para readmitir a los que fallan, a los que se quedan descolgados, a los que son sorprendidos en desgracia, esa incapacidad para seguir sintiendo como propio a todo ser humano, esa falta de humanidad e intolerancia es lo que en definitiva nos ha hecho ver a todos como rivales, enemigos, y desde luego nunca como hermanos con un destino común.
Y a pesar de todo no hay mayor dignidad que la de saber pedir perdón y saber perdonar. Ahí es donde el hombre se vuelve más hombre. De ahí que la fiesta mayor debiera ser, en efecto, para el hijo que vuelve arrepentido, con toda la necesidad de ser acogido aunque sea en la escala más inferior de la consideración paterna. El que reconoce desde el corazón su pecado no vuelve con el deseo de superar a los demás y que sus fallos sean disimulados. Pero el Padre que sale a su encuentro con los brazos abiertos todos los días, ese sí sabe hacer la mayor fiesta para quien más necesita del amor y para quien en el fondo ama más porque ya no tiene nada de sí que salvar.
¿Existe todavía alguien que no necesite del perdón? ¿Es que ya nadie falla? ¿O es que hemos logrado disimularlo mejor que nunca? Yo me atrevería a pedir perdón desde aquí por muchas cosas y a perdonar a quien más lo necesite, porque a todos nos está haciendo mucha falta poder volver a la casa de todos y hacer una auténtica fiesta de reconciliación. Ojalá todos juntos, después de perdonar y pedir perdón podamos decir con la boca grande: lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado.
Román Martínez Velázquez de Castro

domingo, 7 de marzo de 2010

EN CAMINO CON LA PALABRA - Ciclo C: Cuaresma 3º

Domingo 3º de Cuaresma
Dios está. ¿Dónde estamos nosotros?
Cansados tal vez, y bastante decepcionados de muchas cosas, puede que con un profundo dolor en el alma, o hasta indignados por la inseguridad en que nos vemos obligados a vivir, es muy probable que esa sea la situación en que nos encontremos muchos de nosotros. El dolor siempre se agrava cuando lo más humano se pierde, cuando la gratuidad del amor se trueca en odio y venganza, cuando nos vemos casi irremisiblemente avocados a una vida que sólo se alimenta –si se puede decir así- de amenazas, recelos, miedo, violencia, aislamiento, y hasta la muerte probada en la propia carne o en la de seres muy cercanos a nosotros.
En estos días seguramente habremos vuelto a condenar desde lo más profundo el comportamiento de quienes se olvidan de la persona y centran sus intereses en objetivos que, antes que favorecer a nadie, distorsionan la vida y la quiebran. Sentimos indignación y una rabia interna contra los que causan este desarreglo humano y tal vez contra los que no logran frenar los desmanes contra la humanidad, o hasta los favorecen directa o indirectamente. No podemos adaptarnos ni resignarnos a aceptar lo que nos está ocurriendo. Nuestro futuro inmediato y no tan inmediato,  está marcado por las experiencias  vividas, por una cultura tan inestable como la que entre todos estamos oficializando y consagrando, en aras de la libertad y el progresismo.
Sabemos lo que queremos, queremos paz, queremos libertad, queremos respeto profundo a la vida, a la dignidad del ser humano y a sus opciones más legítimas. Esta situación nuestra de hoy es real y la perplejidad en que nos vemos sumidos está totalmente justificada. Pero, junto a nuestra denuncia, todos estamos esperando ver señales nuevas y esperanzadas que permitan mirar a nuestro presente y futuro con confianza. Esa confianza, el sueño de todos sólo puede hacerlo realidad la suma de muchos gestos y actitudes renovadas por parte de cada individuo, cada organismo, cada cultura, cada pueblo, cada país. Sin una renovación radical no hay vida. Y ello exige de todos una auténtica conversión. No nos valen en estos momentos mensajes catastrofistas que no hacen sino darnos un empujón para caer un poco más profundo en la fosa del pasotismo y la inactividad. Tampoco nos valen mensajes que hacen crecer la desconfianza y hasta el enfrentamiento entre regiones, culturas o incluso religiones. No nos vale seguir descargando una ira, poco acorde con nuestra vocación humana, en unos cuantos a los que hacemos culpables de todo. Ni siquiera podría confortarnos una simple confirmación o cambio de aquellos que están llamados desde la política a armonizar y sostener un verdadero equilibrio social.
Cada persona, cada grupo, cada sector social debe revisarse y realizar una sincera conversión. El evangelio de Lucas, en el corazón de la cuaresma, nos recuerda sin fatalismo alguno: «Y si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera». La advertencia contiene una sabiduría inmensa y arroja una gran luz para el momento presente. Dios es “paciente”, sabe esperar y sufrir junto al que sufre la falta de vida y de frutos de auténtica humanidad. Y no por eso deja de recordarnos dónde está la base de un presente y futuro abordados desde la confianza y la estabilidad, desde la vida y la libertad: sólo la conversión es garantía de vida.
Y… ¿convertirnos de qué o a qué? Un mundo inspirado en el materialismo, en la comodidad, en el poder, en la influencia social desprovista de valores y orden moral, jamás podrá producir una vida digna de ser apreciada o sostenida por quienes nos sentimos faltos de la comprensión, del apoyo, de la solidaridad y la caridad de todos. Una sociedad y un mundo que se vuelve sobre sí mismo, y trata de justificarse con razones de progreso, olvidando al hermano como pieza central de la vida y a Dios que la envuelve y la sostiene, nunca podrá ser ése un mundo de esperanza, capaz de hacer nacer una vida nueva cuajada de esos dones que todos deseamos desde lo profundo del corazón.
Necesitamos reordenar nuestra moral sobre una escala de valores nueva: la vida, el amor, la gratuidad, la fidelidad, la libertad, la justicia, la paz… Son esos los valores que con un corazón nuevo deben instalarse en nuestros ambientes y hacer cultura. Nuestro mundo sí tiene valores que defender y personas que en determinados momentos saben encarnarlos con disponibilidad y entrega. Lo que nos falta es transportar a la vida ordinaria de cada uno y a la vida política y social esas inquietudes y esa vocación profunda que todos llevamos, subordinando cualquier otro deseo o aspiración. Dios está ahí y también nosotros. Él y muchos a nuestro alrededor están esperando ver los frutos abundantes que un árbol, con raíces humanas y divinas, está llamado a dar. Lo necesitamos y con urgencia.
Román Martínez Velázquez de Castro

domingo, 28 de febrero de 2010

EN CAMINO CON LA PALABRA - Ciclo C: Cuaresma 2º

Domingo 2º de Cuaresma
Entre la promesa y la realidad

Resultan increíbles muchas de las promesas que se nos hacen todos los días. Estamos acostumbrados, demasiado acostumbrados a mirar hacia atrás cuando se nos habla del futuro. Y es que si mirando hacia atrás no vemos nada, ¿qué veremos mirando hacia el futuro? El pasado y el presente son la mejor prueba a la que podemos someter cualquier promesa. No es que seamos escépticos por naturaleza, no, más bien estamos necesitados de confianza, de verdades y de hechos que nos permitan avanzar seguros hacia lo que está por venir. Pero lo cierto es que nos hemos vuelto muy críticos con los demás y críticos con nuestras propias posibilidades. ¿Quizás se nos ha prometido demasiado?
Las promesas de Dios no sólo han sido creíbles durante siglos, el ser humano las ha necesitado para poder tolerar y convivir con los vacíos del presente. Y es que resulta muy consolador y casi espectacular, poder presentarnos ante la vida como quien tiene de su parte al que puede hacer prodigios y transformar nuestra suerte en un abrir y cerrar de ojos. Quizás por eso se quedaron adormecidos y felices esos tres discípulos que subieron al tabor con Jesús para verlo transfigurarse, como infantes que finalmente han encontrado un regazo seguro y que tienen de su parte al mejor. ¿Cómo no verse tentados de aprovechar la ventaja y hacer tres tiendas?
Sin embargo, hay mil voces que nos reclaman para bajar del tabor, de esa visión misticoide o espiritualista. Ese estado de enajenación en el que uno deja de ser protagonista de su historia no es humano. Nos vuelve enfermizos, faltos de realidad y de comunicación. Cada cual en su choza o tienda pierde la visión de Dios y la visión del hermano y pierde por tanto el sentido de la realidad. Prometer vida de esa forma no resulta una promesa creíble.
La manifestación de Dios hecha en la transfiguración de Jesús, no fue en absoluto una llamada a la huída o la evasión. Tampoco fue un alarde espectacular de exclusividad y poder, ni una fantasía ideada para preservar el descanso de sus amigos, o conquistarlos de modo fácil. Contiene y es toda una promesa creíble, precisamente porque va teñida de presente y de dolor, y de comunicación profunda. En este caso el futuro esperanzador no entra en contradicción con un presente abnegado y a veces absurdo. Un presente así es más bien el aval de la promesa. El sujeto y el objeto de la promesa se vinculan para siempre. Es Dios que promete entregarse a sí mismo para el hombre. Estamos ante una alianza que compromete hasta la muerte a ambos. Y por eso la promesa adquiere vida, se vuelve luminosa y esperanzada. Sólo puede prometer con autoridad y de manera fiable quien está ya a nuestro lado dando, dándose, y dejando de esta forma tras de sí una verdadera estela de vida y de esperanza.
La transfiguración de Jesús es toda una promesa creíble, que por lo demás no resulta fácil de comprender. Sólo ese mutuo darse, en clima de alianza nueva, puede despertar en nosotros esos otros sentidos necesarios para un conocimiento que no se produce tanto desde la razón, sino más bien en el corazón, en lo más íntimo de la persona. A través del hombre logra verse de manera única a Dios, y a través de Dios el hombre logra verse a sí mismo y explicar su absurdo misterio de muerte. Pero hace falta Dios y hace falta el hombre, hace falta ese diálogo inefable de ambos que explica y da razón suficiente de lo que fue, de lo que es y de lo que vendrá.
¿Cómo entender hoy a Dios, y entender al hombre si no logramos juntos ser un anticipo de ese futuro? Si no subimos al monte de Dios y no bajamos con él donde está el hombre, si no mostramos así juntos el rostro transfigurado de la humanidad y la divinidad, amalgamados en una sola realidad, ¿cómo podemos creer en alguna promesa o prometer algo creíble?
Hartos de “realidad”, tal vez echamos de menos poder ver un poco de cielo en el rostro transfigurado de quien sufre por amor. Hartos de dominar, hartos de defender lo nuestro, tal vez deseemos ya ver un poco de esa gratuidad que sabe a cielo. Pero más que “cambiar de figura” nos hace falta traspasar el propio cielo, la propia felicidad, para ir hasta ese cielo del otro, rompiendo nuestro aislamiento. Hace falta permanecer y que nos vean en pleno diálogo, ese diálogo celestial, poco habitual entre nosotros. No importa que hablemos de la muerte o hablemos de la mismísima esencia de la vida. La entrega sincera, el dolor bien asumido, una actitud libre y abierta… y la promesa de Dios volverá a ser creíble. Al hombre moderno también le falta el paraíso, que el cielo vuelva a la tierra, la nueva tierra. Jesús no ha hecho más que abrir e insinuar el camino. Pero en él la promesa ya es realidad.
Román Martínez Velázquez de Castro

domingo, 21 de febrero de 2010

EN CAMINO CON LA PALABRA - Ciclo C: Cuaresma 1º

Domingo 1º de Cuaresma
Raíces que se afianzan en el desierto
Extraña y curiosa, cuando menos, debe resultar a los oídos de muchos esta afirmación: «Sólo al Señor tu Dios darás culto». Trato de imaginar lo que puede pasar por muchas cabezas de nuestros contemporáneos. Hemos pasado siglos bajo el poder de la religión y de los religiosos, para casi todo hemos necesitado del influjo social de la religión: en la cultura, en la enseñanza, en la sanidad, en la asistencia social, en la economía, en el pensamiento y hasta en los pormenores de la vida cotidiana. Por norma y bajo el peso de la tradición hemos tenido que pasar por las iglesias durante siglos para asegurarnos una vida eterna en condiciones. Y de golpe y porrazo llega el progreso, irrumpe la revolución científica y tecnológica y nuestros ojos se abren: del lado de la ciencia y de la técnica, del lado de nuestra razón hemos avanzado en pocos años lo que no habíamos logrado en siglos de historia de manos de la religión. ¿No será que Dios ya ha sido sepultado por la razón humana? ¿No será que nos habían secuestrado la razón para acabar con nuestra libertad e impedir el progreso?
¿A quién le dice ya nada esa afirmación tan gratuita como cargada de un poder trasnochado: «Sólo al Señor tu Dios darás culto». Sólo un 30 % de los españoles dicen hacerlo porque todavía van a la iglesia para cumplir con sus prácticas religiosas. Por lo demás no existe un compromiso fuera de los templos y es casi irrelevante el número de aquellos que siguen en su vida las enseñanzas del magisterio de la Iglesia sobre moral y conducta cristiana. Los seminarios nos dicen que se están vaciando, apenas hay vocaciones al sacerdocio o a la vida religiosa. ¿Qué pasa? ¿No le estará llegando a la Iglesia y a la religión su final?
Honestamente hay que aceptar que ese es el cuestionamiento de muchos, lo que circula por sus cabezas, y, peor aún, es lo que hoy se predica desde las cátedras de la vida pública o civil en ámbitos políticos y sociales. Por lo aparentemente simple del planteamiento, me gustaría secundar un posicionamiento semejante. Pero algo por dentro me dice que no sería honesto conmigo mismo ni con la sociedad, dar así por zanjada una situación de siglos y, menos aún, los mil retos a los que como humano me enfrento cada día. La persona que ve saciada su hambre con unos cuantos recursos materiales que saben a progreso; o con la posibilidad de ejercer un poder efectivo sobre las cosas y las personas, que le sabe a libertad y autogestión; o con el reconocimiento y aplauso de unos cuantos, que le concede valor suficiente y reconocimiento a sus principios, esa persona aún está al principio de su camino. Esos consuelos no sacian sino la sed de lo inmediato, pero dejan volatilizado el núcleo más esencial del ser humano.
Ni siquiera Dios puede venir de fuera, extraño a la persona, para pedirle o exigirle sumisión. Y sin embargo tiene plena validez todavía, en medio de la crisis religiosa, ese imperativo que nace de lo más profundo del hombre. No me escandaliza que el hombre moderno ose apartarse de Dios. Es una tentación normal que se tiene que plantear en el desierto de nuestra propia historia, la de los hombres. Pero Dios no viene de fuera como un extraño, está dentro de cada uno, amasado con la historia personal y colectiva por su mismo ser Amor y Comunión. El mismo Espíritu de Dios nos lleva a ese desierto de tentaciones de todas las clases. Ojalá nos dejemos conducir también por él en nuestro comportamiento ante los espejismos del desierto que dan carta de identidad y sólo aparente valor a lo que no es más que una fantasía.
En un periodo de crisis religiosa, de cuestionamiento de todas nuestras posiciones y principios, de la propia orientación del ser humano y de la sociedad, sigue siendo una peligrosa fantasía, una tentación descarada, olvidar al prójimo, olvidar la deuda que tenemos con el hermano, olvidar el principio de comunión en el que hemos sido creados, instalarnos en un sentimiento adolescente de autoafirmación y de poder, pretender vivir del prestigio y de los agasajos fáciles de quienes en pocos años nos darán la espalda para elegir otro “top model”, otro escritor consagrado, el nuevo político de turno, o el pensador de moda y hasta el maestro el gurú o el teólogo consagrado por los medios de comunicación.
Ante esas tentaciones tan aberrantes como humanas y cotidianas, siempre resuena desde dentro de la conciencia esa frase tan cargada de autoridad como liberadora: «Sólo al Señor tu Dios darás culto». Que equivale a decir que no somos nosotros quienes justificamos suficientemente nuestra conducta sino el Señor de la Vida, aquél que responde de nosotros de modo estable y duradero, aquél a quien le debemos nuestro ser por el amor infinito que nos hizo partícipes de todo lo suyo, y aquél que establece relaciones duraderas de justicia y mutuo enriquecimiento con nuestros semejantes. Ese Señor de la Vida y del hombre eleva nuestra dignidad, porque nos hace libres de todo y nos prepara para el encuentro con el mundo real de una forma responsable y creativa al mismo tiempo. Nuestro “culto”, no puede ir dirigido a nosotros mismos, a nuestro poder y nuestra satisfacción, hemos de “cultivar” para que dé sus mejores frutos, el amor que está nosotros, en el que fuimos creados. Ese es nuestro único Señor y a él solo podemos darle culto.
Román Martínez Velázquez de Castro

martes, 16 de febrero de 2010

Cibersexo


En un reciente Congreso sobre matrimonio y familia, uno de los ponentes, comentaba el caso de una pareja que tras unos años de feliz convivencia se había separado por el aislamiento progresivo en el que sus vidas habían entrado. Una muestra del deterioro de su matrimonio era la falta de relaciones sexuales, cuya carencia la mujer echaba de menos pero el marido no, “ya que yo (el marido) vivía mi sexualidad a través del cibersexo”. Confieso que esta declaración, en su día, me dejó un tanto perplejo. ¿Qué poderosas razones puede haber para que alguien renuncie a la profunda humanidad y satisfacción del encuentro interpersonal y acabe refugiándose en la vivencia de una sexualidad virtual practicada a través de un medio técnico, con todas las limitaciones y distancias que impone?

En esa misma línea, hace unos días, el Ministerio de Sanidad en su «Estrategia Nacional de Salud Sexual y Reproductiva», de próxima implantación en nuestra sociedad, afirmaba que el cibersexo «permite participar en fantasías que, por determinadas condiciones físicas o sociales, o por miedo a la malinterpretación o el rechazo, no se atreverían a hacer realidad en la vida». Con ésta y parecidas intervenciones, el Ministerio plantea en su «Estrategia Nacional» una vivencia de la sexualidad evasiva, reduccionista y engañosa.

Y es que la realidad compleja y misteriosa de la sexualidad envuelve todo nuestro ser. Por un lado, conecta con nuestros instintos más básicos: supervivencia, protección, dominio, placer. Por otro lado, expresa de mil maneras nuestra necesidad de comunicación y unión con los demás. Son estos aspectos los que explican su poderosa y atractiva fuerza, que nos lleva a mitificarla y endiosarla. En la sexualidad se manifiesta nuestro ser más íntimo, con todas sus riquezas y miserias. Como expresión de nosotros mismos, la sexualidad puede ser maravillosa o tremendamente denigrante. Por eso no podemos banalizarla y convertirla en mero objeto de consumo, evasión o búsqueda egoísta de nosotros mismos. Una sexualidad vivida así al final se nos hace tediosa y frustrante. Sin embargo, cuando la sexualidad se convierte en expresión de entrega total, de verdadero amor al otro, ésta se hace una experiencia única de comunión y gozo profundo, que estrecha en las personas los vínculos del afecto y el cariño, alimentando su fidelidad y abriéndolos a seguir transmitiendo vida a los demás.

Indigna ver cómo a través de los medios, las políticas sociales, educativas y sanitarias, el mercado, etc., la sexualidad se ve una y otra vez banalizada, desposeída de su verdadero significado. Propuestas como la del cibersexo son engañosas porque significan una huida de la realidad, un refugiarse en “paraísos” ficticios, efímeros, adictivos, donde se refuerza mucho la soledad, los complejos y debilidades de cada persona. Un diálogo verdadero y constructivo con el otro entraña siempre respeto, donación, sacrificio, compromiso, son aspectos de los que la sexualidad no puede prescindir. Huimos del esfuerzo por madurar la propia sexualidad porque cuesta, sin duda no es un camino fácil y quizás nadie nos haya ayudado a recorrerlo, pero merece la pena intentarlo. La satisfacción que da una sexualidad integrada y armónica no tiene precio, pero hace falta personas que quieran buscarla.

Francisco Campos Martínez

sábado, 13 de febrero de 2010

EN CAMINO CON LA PALABRA - Ciclo C: T. Ord. 6º

Domingo 6º del Tiempo Ordinario
Saciados… ¿de qué?
Difícil tenemos buscar algo distinto a lo que nos dan, y peor aún si eso que buscamos entra en contradicción con lo que en nuestro entorno se vive o se disfruta. El peso de la costumbre puede ser muy bueno para dar seguridad, pero puede volverse una losa insoportable que sepulta cualquier aspiración o paso hacia una auténtica libertad.
La sociedad, por un raro consenso “mayoritario”, establecido por aquellos a quienes les hemos encomendado confiadamente nuestro futuro, y consolidado por una serie de modas “culturales”, nos ha dicho lo que es bueno o malo, los caminos que se pueden todavía emprender y los que hay que definitivamente abandonar. La clase que marca usos, costumbres y modas, es la clase que tiene la potestad delegada para ofrecer a todos el mejor de los paraísos. ¿Quién puede desconfiar de ello o apartarse para orientar sus pasos hacia otro paraíso?
Lo que sí está bien claro es que este paraíso que la corriente social dominante parece disfrutar, no es el paraíso de los pobres, ni de los que buscan la justicia, ni de los que lloran, ni por supuesto de los limpios de corazón, de aquellos que no tienen doblez, de aquellos que se entregan con sinceridad a pesar de las mil incomprensiones, persecuciones o marginaciones a las que se ven sometidos. Ese paraíso “hecho a nuestra medida”, pero en el que caben muy pocos, no es, no ha sido, ni podrá ser nunca el paraíso de la humanidad, el paraíso donde se pone de relieve la dignidad de la persona; no ha sido nunca el paraíso de quien ha sido creado con la capacidad de ser libre y de crear; no podrá ser nunca el paraíso de quienes cuentan con los demás para gozar -que no explotar- las mil riquezas de este universo que sí está hecho a nuestra medida, aunque algunos se empeñen en decir que se queda pequeño para todos.
Ese señorío de la moda, de la discriminación y el engaño, de la ruptura, de los “privilegiados”, de una cultura caduca que nos sumerge cada vez más en el aburrimiento y el tedio, y hace de la desconfianza el justificante para un crecimiento a costa de los demás, el señorío del placer, de los sentimientos, de lo caduco, de lo inmediato, de todo lo que se volatiliza en un abrir y cerrar de ojos…, ese señorío nos ha cegado y nos ha hecho el corazón de piedra. Ese señorío casi consigue que nos avergoncemos de llamar Señor y rendirnos ante quien auténticamente nos hace libres.
Personalmente no conozco un señorío más dignificante que el que aparece en esos Evangelios tan antiguos como actuales. Es el señorío de quien pone ante nuestros ojos el mejor de los paraísos, un paraíso que no exige tanta humillación y sumisión como aquel otro. En este paraíso divino sí cabe la humanidad entera, aunque sólo lo alcanzan los que no son serviles, los que no se dejan utilizar ni se amedrentan, los que son capaces de sufrir por salvar la dignidad de las personas, los que poseen bien poco porque sólo retienen como riqueza el amor de Dios y el amor a cada semejante.
Pensando en un horizonte tan grande, que ensancha continuamente la mirada, y nos saca de cualquier posible aburrimiento debido a la estrechez del corazón y de la mente, se entiende bien la dura expresión del profeta Jeremías: «Maldito quien confía en el hombre, y en la carne busca su fuerza, apartando su corazón del Señor». No proclama indigno al hombre y a la carne, sino todo lo contrario. Pero sí pierden toda su dignidad cuando se abandona el señorío de Dios para someterse al señorío de lo caduco y de lo totalmente incapaz de producir vida por sí mismo fuera del ámbito del amor y de unas relaciones leales con los demás. Somos plantas que junto a la corriente echan raíces, pero fuera de su medio se marchitan y se pierden.
La cultura dominante ha optado por rellenar a toda prisa los vacíos de la existencia con goces inmediatos, llamando al consumo y a una evasión de carácter materialista que nos impide plantearnos cualquier pregunta sustancial sobre nuestra razón de ser y nuestro andar por la vida. Esa cultura ha prescindido irrevocablemente de cualquier promesa de vida después de la muerte, y nos llama a disfrutar frenéticamente del presente a costa de cualquier cosa. Pero lo que nunca conseguirá es devolver la paz al hombre, hacer que se sienta confiado y que goce de su propia grandeza junto a los demás. Nunca eliminará por principio la discriminación, la marginación y por tanto la violencia. ¿No sería mejor romper definitivamente con el respeto humano y el miedo, con la moda y esa cultura dominante para abrirnos al único señorío que sí sacia y garantiza un gozo estable y eterno?
Román Martínez Velázquez de Castro